CAPÍTULO 6


El dueño de la plantación mira molesto a su hija.

—¡Este no es asunto de mujeres! ¡Entrad en casa ahora mismo y dejadme hacer mi trabajo! ¡Esos negros necesitan ser domesticados como los animales que son! —exclama el padre de las muchachas mirando con odio a los hermanos Jackson.

—Por hoy es suficiente. ¿No querréis acabar con ellos el primer día? —dice Marion tratando de convencer a su padre para que pare tan brutal castigo. —Además si los matáis como vais a esclavizarlos y ponerlos a trabajar. ¿Deseáis desperdiciar tanto dinero de manera tan rápida? —vuelve a decir ella tratando de convencerle una vez más

—No puedo estar más de acuerdo con mi hermana. Debéis parar ya. Por hoy fue suficiente. —dice Stefanie poniéndose de parte de su hermana. —No os podéis permitir tal pérdida de tiempo y dinero. —vuelve a intervenir la joven mirando de soslayo a Jeremiah tratando que nadie se percate de ello.

El esclavista las mira y luego mira a los hermanos.

—De acuerdo. Basta por hoy. Curadles esas heridas para que puedan empezar mañana mismo a trabajar. No quiero "niñas melindrosas que se quejan de cualquier cosa". —se burla el individuo de los muchachos. —No quiero problemas. Que no se diga que no les proporcioné un gran recibimiento acorde a lo que merecen. —se burla de nuevo el Massa mientras se aleja del lugar emitiendo una sonora carcajada.

Un grupo de esclavos se llevan a los hermanos Jackson hacia las cabañas de cuatro de ellos que están casados y una vez están allí los tumban sobre sendos catre en los que las hermanas comienzan a curar sus heridas. Las más dolorosas sin duda son aquellas que el hierro candente les provocó. Algo que vivirá con ellos hasta el fin de sus días y que será un recordatorio constante de sus primeros días en aquella espléndida mansión. Mansión que más que un hogar habitado por seres humanos, es un infierno dirigido por bestias sin corazón. Aunque las heridas físicas que les han infringido serán visibles para lo que les resta de vida, las heridas del alma son aún peores.

Ambos eran dos buenos hombres que confiaban en la bondad del ser humano pese a las advertencias de su progenitor que les aconsejaba no confiar en nadie, en especial en la mayoría de los hombres blancos. Ahora sus corazones se llenaron de odio y amargura hacia ellos por culpa de los individuos que los trajeron con engaños a ese lugar, si bien sienten un odio especial hacia el dueño de la plantación.

Ese ser repugnante, asqueroso, prepotente, lleno de maldad, que tarde o temprano va recibir su castigo y que algún día verán hundido en su propia inmundicia. Desean y van a vivir, solo por ver llegar ese día en el que le ajustarán las cuentas y le harán pagar con sangre por lo que les ha hecho, sobre todo al padre de ambos. Ese hombre no sabe lo que le espera. Hasta que llegue el momento, ellos harán lo que tengan que hacer para lograr su objetivo, sin poner sobreaviso a ese delincuente bien vestido que va a desear no haberles conocido. Va a desear estar muerto cuando comience a pagar por lo que ha hecho. No importa si tardan meses o incluso años. Recibirá lo que merece.

Las lágrimas de dolor que ambos derraman mientras los curan y las heridas que les arden conmueven a las hermanas que con sumo cuidado se las limpian.
Algunas zonas de las largas cabelleras rizadas de los hermanos están manchadas de tierra y sangre, Jeremiah y Michael intentan soportar el ardor y dolor que  les causan.

—¡Maldito desgraciado, malnacido! ¡Vamos a acabar contigo aunque sea lo último que hagamos en nuestras vidas! —mascullan los hermanos entre dientes con profundo odio mientras las hijas de su opresor los curan  sintiendo el desprecio que los nuevos esclavos sienten por su progenitor.

Saben que su padre se ha ganado todo ese inmenso rencor de los hermanos, pero Marion y Stefanie no pueden evitar preocuparse por él. Es dominante y machista, como todos los hombres de la época, pero sigue siendo su padre. Y a pesar de no ser un dechado de virtudes, ni el padre más amoroso del mundo, le tienen cierto cariño. Sin embargo, no pueden, ni deben obviar que es un hombre déspota y cruel.

Cuando Marion intercedió por los hermanos pudo ver crueldad en los ojos de una de las personas que le dieron la vida a su hermana y a ella. Aunque ya habían presenciado todo lo que el dueño de la plantación había hecho en contra de los nuevos esclavos no pudieron ver hasta que punto él disfrutaba torturándolos.
Sin embargo, cuando la muchacha vio la mirada de su progenitor sintió como se estremecía de arriba abajo, pues en ella había un destello de maldad casi diabólico. Le costó fingir la misma crueldad que su padre pero solo así logró que dejara de torturar a esos pobres muchachos.

Los padres de los chicos, por su parte, cada vez están más angustiados por su ausencia ya que debían haber llegado hace horas. No saben que pensar y por sus cabezas pasan todo tipo de ideas y conjeturas. Desean salir a buscarlos aunque ¿por dónde empezar? Desconocen el lugar exacto en el que ambos habían quedado con esos clientes, además son dos hombres que se supone pueden defenderse por si mismos. Ninguno de ellos permitiría que nadie hiciera daño al otro, molerían a golpes a cualquiera que lo intentara.

—Seguro que están bien, amor. —trata de tranquilizar la madre biológica de Michael a su esposo, pese a que ella está tan preocupada como su marido. —Se habrán entretenido más de lo previsto.

—Eso espero porque no quiero ni imaginar que pueda ser lo que me estoy imaginando.

—¿Qué es lo que imaginas, cariño? —pregunta su esposa.

—Que se los hayan llevado y vayan a pasar por el mismo infierno que yo pasé. —se sincera el hombre con pesar.

El rostro de su esposa se enseria en ese momento.

—¿Quieres decir como... esclavos? —dice ella con el susto en su rostro. —Eso no puede ser, ellos son fuertes aunque se vean delgados, no es tan fácil doblegarlos.

—Sí podrían con ellos usando el engaño. De eso algunos hombres saben mucho y ellos son muy nobles y confiados. —asegura el padre de los Jackson. —La plantación de esclavos más cercana a este lugar, aunque está a unas horas de aquí, es aquella en la que yo fui esclavizado por dos demonios. Y si el padre era un demonio, su hijo era aún peor que él. No quiero ni imaginar que mis hijos  hayan caído en manos de ese perro desgraciado. Nuestros hijos lo van a pasar peor de lo que yo lo pasé

En ese instante su esposa rompe a llorar.

En la plantación el dueño entra en casa y se sienta a leer el periódico, su esposa a su lado, se concentra en unos bordados que está realizando. Una de las esclavas acude a llevarle una copa de brandy mientras él la mira de manera lasciva los pecho. Su mujer finge no darse cuenta de las miradas de su esposo hacia la joven esclava que apenas lleva unos días trabajando en el interior de la casa.
La joven de piel negra y muy hermosa, es hija de un matrimonio de esclavos que llevan unos años a las órdenes del dueño de la plantación y acaba de cumplir veinte años.
El padre de las hermanas y  siempre se ha fijado en ella, en realidad desde que apenas era una niña, aunque sabía que no podía acercarse siendo menor de edad. No es que le hubiera importado demasiado hacerlo pero no podía permitir que la gente pensara que era un depravado. Sabía que tarde o temprano sería suya y que sus padres no harían nada por impedirlo ya que peligran sus vidas si se atrevieran a hacerlo. Por eso decidió esperar a que tuviera la edad suficiente para que nadie pudiera reclamarle nada.

Además, ¿para qué negarlo? cada vez se ponía más mujer, sus curvas se redondean y pronuncian cada vez más, no puede ocultar esas curvas sensuales que se perciben aún con ropa ancha. Sus voluminosos pechos se notan con cada prenda de ropa que se pone.

Cada vez que el hombre se excita pensando en la esclava terminando haciendo el amor con su esposa con una furia salvaje imaginando que es la esclava la que está debajo de su cuerpo gritando de placer mientras el dueño de la plantación se hunde en sus profundidades con embestidas brutales. Aún y después de practicar sexo con su esposa, su excitación no ha desaparecido y tras entrar en el baño para tocar sus partes íntimas emite más gemidos.
Hasta ahora se ha contenido, pero en cualquier momento, en cualquier instante, cuando tenga la oportunidad perfecta va a desfogar todo ese deseo contenido y va a hacerla gritar de placer, mientras él jadea y suda sobre su cuerpo pasando su lengua por cada rincón de ese cuerpo que le hace enloquecer de deseo.
Ha imaginado miles de veces esa escena, ese momento, y cuando eso se haga realidad esa muchacha va a saber lo que es hombre de verdad, además saber que él va a ser el primero que la despoje de su pureza le excita mucho más todavía. Es como un animal en celo deseando montar a una hembra.

En las cabañas en las que cuidan a Jeremiah y Michael, las hijas del dueño de la plantación lavan con cuidado las heridas de los hermanos y aunque no tienen porque hacerlo, de alguna forma se sienten en la obligación ya que su padre es el responsable de la situación en la que se hallan los hermanos. El latigazo de la espalda les arde sin duda, pero  es la herida del pecho la más dolorosa, la que más les hace derramar lágrimas de dolor.

Los ojos de Marion y Michael así como las de Stefanie y Jeremiah se encuentran cuando ellas les lavan las heridas y a pesar que los hermanos intentan contener las lágrimas que el dolor de las heridas del pecho les causan no lo consiguen.
Las hijas de su opresor sienten como sus ojos se cristalizan al ver ese sufrimiento de los hermanos,
les agarran por un momento las manos con las que las hermanas les desinfectan las heridas y ellas miran por unos segundos las manos de piel oscura de los jóvenes sobre las suyas tan blancas.
Una extraña sensación recorren los cuerpos de los cuatro. Cuando los Jackson se dan cuenta de lo que están haciendo se apresuran en retirar sus manos de las de las muchachas.

—Señorita debería irse. Si la ven aquí, él, —miran a los Jackson, —tendrá más problemas. —dice uno de los dueños de sendas casas en cada una una de ellas. —Le cuidaremos bien.

Cuando anochece los hermanos comienzan a quedarse dormidos a pesar del dolor.

La mañana siguiente alguien les despierta arrojándoles agua helada.

—¡Despertad negros! ¡Hora de trabajar! —les exige alguien.

Ellos comienzan a tiritar de frío.

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