CAPÍTULO 7 : HUMILLACIÓN

—¡No me has escuchado, negro! ¡He dicho que te levantes ya! Tu amo te quiere en cinco minutos vestido y ante su presencia para decirte lo que tienes que hacer. —les dicen dos trabajadores del dueño de la plantación a los hermanos.

Ellos ni siquiera le miran, solo tiritan de frío.

Los dueños de las cabañas en las que han dormido les ayudan a secarse y a vestirse.
Los dos hermanos todavía se resienten de las heridas que los latigazos del día anterior les han dejado en la piel. Las fuerzas no les acompañan en ese momento, pero si ese cerdo, el dueño de la plantación, se enoja por su tardanza o se muestran débiles les puede ir peor; mucho peor. Si quieren acabar con él tendrán que ganarse su confianza y hacer todo lo que quiera. Si desea tener mansos corderitos los tendrá. O eso le harán creer.

Los hermanos Jackson saben de los abusos de tan asqueroso individuo sobre los esclavos, eso es algo que hacen todos los esclavistas aunque también lo hacen con las esclavas. A ellas no sólo las esclaviza haciéndolas trabajar hasta la extenuación como recolectoras, por si fuera poco abusa sexualmente de ellas y por descontado tiene sus favoritas. En realidad su favorita es la criada que trabaja en el interior de la vivienda. Solo está esperando el momento propicio para saltarle encima y desfogar sobre su joven, inocente, pero sensual cuerpo todo lo que hasta ahora está guardando, todo lo que reprime. Poseer cada rincón de su cuerpo, pasando la lengua por cada resquicio, cada centímetro de su joven y tersa piel.

Su esposa sabe de los abusos de su marido sobre las esclavas, pero ve, oye y calla.
Aquello es algo común a la mayor parte de los  esclavistas y su marido en particular es un auténtico demonio, más incluso de lo que fue su progenitor.
Y si su padre era malvado y cruel, su vástago le supera.
Al lado del actual dueño de la plantación, su padre era un manso cordero.

Hay seres humanos malvados y opresores, y luego, a distancia de todos ellos está él; su marido. Su ilimitada crueldad y maldad es de sobra conocida en todos los estados y mansiones esclavistas de Estados Unidos. Incluso aquellos que trafican con esclavos le temen porque es un tipo imprevisible y nunca saben lo que puede llegar a hacer.

No sería la primera vez que decide no pagar a aquel que le ha traído los esclavos. Ya lo ha hecho en alguna que otra ocasión y cuando estos traficantes de seres humanos amenazaron con llevárselos si no les pagaba, sus cuerpos aparecieron poco después tirados como basura en cualquier lado, lejos por supuesto, de los contornos de su propiedad. Los tratantes de personas saben que si en ese momento, al tener los esclavos ante él, quiere quedárselos gratis, ellos no pueden hacer nada. Si osaran contrariar a ese hombre acabarían como otros individuos que se negaron a regalarle los esclavos.
No tienen pruebas que demuestren que él está detrás de dichos crímenes, pero es una sospecha, casi una certeza, un secreto a voces.
Se dice, se cuenta, que el dueño de todo aquello acabó con la vida de su propio padre con el objetivo de quedarse con la hacienda familiar, que es la mejor de las posesiones de la familia, y de paso hacerse cargo del "negocio" de su padre.

El anterior dueño de la plantación, aunque malvado, tuvo que frenar en más de una ocasión la ilimitada crueldad de su propio hijo.
Si no lo hubiera hecho su vástago habría matado a más de un esclavo. Su hijo se le enfrentó en varias oportunidades por dicho motivo tildando de viejo a su padre y asegurándole que ya no servía para ese trabajo pues se había ablandado demasiado. Los esclavos de entonces, los que aún se hallaban en la plenitud de su juventud y vigor, preferían ser esclavizados toda la vida por William, que cinco minutos por su hijo Jake.

Han transcurrido apenas quince minutos cuando Jeremiah Y Michael se presentan ante su amo que los observa aún con más interés que el día anterior mientras acaricia su barbilla con los dos dedos de una mano.

Esos dos negros de buen cuerpo y bien dotados, de eso pudo darse cuenta el día que los trajeron ante su presencia y ordenó que los desnudaran. Esos dos hermanos tienen revolucionadas a las esclavas más jóvenes y apetecibles que trabajan allí. Son mucho más jóvenes y apuestos que él y su instinto le dice que son buenos amantes además de guapos. Sus cuerpos están llenos de vigor y seguro que el resto de sus funciones físicas también poseen la misma vitalidad. Por si fuera poco la naturaleza ha sido mucho más generosa con ellos que con él en lo que se refiere a sus atributos masculinos.
El esclavista siempre creyó que la genética le había proporcionado algo de lo que sentirse orgulloso, asombrar y satisfacer a una mujer. Sin embargo, con esos dos muchachos la naturaleza ha sido bastante más abundante. Es algo que no puede soportar, porque sí, la naturaleza ha sido generosa con él en esa parte de su anatomía, aunque solo con eso.

Sus negras son suyas, de su propiedad y sólo él tiene derecho a tomarlas cuando se le antoje, que a esos negros no se les ocurra poner sus ojos, ni sus sexos encima para hacerlas jadear de placer. Sobre todo a Mandy, la joven esclava a la que muy pronto va a convertir en mujer.

Si esos negros se atreven a desafiarle, van a desatar su cólera. Que ni las miren, solo a él pueden hacerle las cosas que su mujer jamás le haría sexualmente hablando. Cosas que le hacen estremecer de placer.

—¡Quitaros las camisas, negros! —exige el individuo. —Hace un bonito día para trabajar al sol. —les dice dibujando una cínica sonrisa en su cara.

—El sol quema demasiado, señor. Deje que esos negros se recuperen de sus heridas. —le dice el esclavo más mayor del lugar, aquel que antaño fue sacado a rastras de su propia casa para ser esclavizado.

—Eso no es asunto tuyo, negro. No abuses del buen trato que te doy. Lárgate de aquí y no vuelvas a inmiscuirte en mis asuntos, viejo. —responde el dueño de la plantación.

—Sí, señor. Disculpe, pero si mata a estos negros el segundo día no podrá esclavizarlos como se merecen y habrá malgastado un buen dinero. —dice el hombre alejándose con las furiosas miradas de los Jackson siguiéndole.

Cuando el hombre se ha alejado lo suficiente y cree que nadie puede escucharle pronuncia unas palabras en voz baja.

—¿Tratarme bien malnacido desgraciado? El día en que te devuelva todo lo que me has dado se acerca. Vas a desear no haber nacido.

—¿¡Es qué no me habéis oído, negros!? ¡Quitaros la camisa! Hoy vais a trabajar sin ella y a pleno sol. Voy a empezar a domesticaros desde este instante. —les exige Jake.

Aunque los hermanos  mantienen la cabeza agachada mientras su amo les habla, por un segundo y sin que él se dé cuenta de ello, Jeremiah y Michael le lanzan una mirada de desprecio a aquella bestia disfrazada de hombre.

Jake sonríe mientras los mira. Las heridas de los latigazos del día anterior de los hermanos aún están abiertas y ambos estarán trabajando bajo el sol con el torso desnudo y sus rayos dándoles directamente sobre las heridas. Esos dos lo van a pasar mal trabajando todo el día con ese calor tal y como están. Eso es algo que él va a gozar como nunca ha gozado de nada antes.

El dueño de la plantación baja los tres peldaños que le separan de Jeremiah y Michael colocándose frente a los dos hermanos a tan solo centímetros de diferencia.

—¡Acompañadme! Os voy a llevar a vuestro lugar de trabajo de hoy. —dice el individuo llevándolos hacia un pequeño huerto que ha comenzado a preparar para plantar semillas de frutas y verduras.

El huerto apenas está empezando a tomar forma.

—Aquí estaréis hoy. Rastrillando la tierra y preparándolo para la siembra. Aquí tenéis el material para empezar a hacerlo. —les dice el dueño de la plantación. —Aunque estoy pensando en algo mejor. —comenta el individuo acercándose a los hermanos y agarrándoles de las largas melenas de los muchachos. —Hacedlo con la boca. —les dice el explotador para acto seguido enterrar las cabezas de ambos hermanos en la tierra.

Durante unos minutos, el esclavista presiona la cabeza de los hermanos contra el interior del terreno, tras los cuales saca las cabezas de los chicos permitiéndoles respirar al fin. Cuando el opresor ve las caras de sus esclavos manchadas de tierra y a los  Jackson escupiendo lo que han tragado e intentando recuperar el aliento se ríe a carcajadas. Luego se va.

En la lejanía, las hijas del dueño de la plantación que han observado toda la escena se compadecen de los hermanos. Tenían ganas de acudir en ayuda de los muchachos, pero de haberlo hecho su padre habría enfurecido y hubiera sido peor.

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